Muerta
Juan Carlos
Valenzuela Parra
-Prefiero verte
muerta antes que a su lado-, fueron las palabras del hombre que de manera
irónica me dio la vida. Aun no lograba comprender como un sentimiento que
profesa tanta pureza se podía traducir en una lengua tan abominable. Crecí en
una familia que predicaba con el amor en sus labios, pero solo negociaban un
xenofóbico y superfluo sentimiento que ignora lo que no comprende.
-está bien-
respondí de una manera tan lúgubre y seca que el contraste de mi voz me provoco
un escalofrió, ¿de verdad consideraba la muerte como una tentativa?. Camine a
mi habitación de manera tan automática que sentí que mi alma se adelantaba al
destino dejando en su lugar un deprimente cuerpo sin vida. Con movimientos casi
robóticos alcancé mi cuarto, que en ese momento parecía mimetizarse con la
palidez de mi rostro, pero justo cuando atravesé el umbral me asombro la
tranquilidad que invadió mi abdomen en ese momento tenso, sentí una ligereza
mental que se proyectó a mis pies, que de manera espectral me conducían a la
cama. Recosté mi cuerpo y sentí como cada una de las fibras se sometían ante mi
peso. Experimente una sensación helada que se extendía a cada extremo de mi
humanidad. Justo en ese momento, había decidido morir.
¿Morir?, si, morir
parecía un punto resolutivo más que de tensión, el temor a lo desconocido es lo
que me tiene aquí, y de ninguna manera seré víctima del mismo miedo que mi
padre. “muerta antes que a su lado” pensé, no tenía por qué ser así, él no
tenía por qué estar en lo correcto, ya que su afirmación no era excluyente, yo,
yo podía morir a su lado, y así no habría fuerza humana que separara nuestro
trágico y bello amor, pues este se habría sumado a la inmortalidad que solo
otorga el arte, vaya, nuestro final sería una obra maestra, y ni mi padre ni
nadie, nos separaría.
En un impulso
levante el teléfono, no sé si motivada por el egoísmo, una cosa era mi muerte,
pero… ¿en realidad estaba dispuesta a arrastrar a alguien más? ¡Tonterías!, sé,
que como yo, preferiría mil veces morir a mi lado, que enfrentarse a la
desesperación de no vernos jamás, levante el auricular y presione las teclas
una a una reproduciendo aquella secuencia decagecimal que muchas veces antes había
imitado de manera autómata; pero esta ocasión en particular estaba cargada de
una densa y sombría sensación. de manera fría y sin tropezarse marchaban a
ritmo militar cada una de las frases que mis labios exhalaban, “desvanécete a
mi lado”, “nunca entenderá”, “imagínate, que bello seria”, de repente nuestra
conversación cayo en coma, cada segundo que pasaba sentía como el sudor
recorría mi rostro, mi corazón latía rápidamente contrastado con lo que vendría
después, y de la nada su voz, su voz asesinó el silencio – allí estaré-dijo, y
la decisión en su tono hiso que naciera en mi un sentimiento similar al
regocijo. Luego recapacite, no me sentía orgullosa de lo que iba hacer, tampoco
feliz de morir, pero era lo más perecido a la felicidad que existía para mí.
La noche próxima, nos encontrábamos en una
habitación de hotel, la decoración de velas y satín era dramática, pero perfecta
para nuestra última cita. Fundí mi cuerpo al suyo y por un momento sentí que el
tiempo se detenía, nuestra desnudez fue un maquillaje efímero para lo que
estaba próximo. Al caer el velo pasional que segaba la realidad nos miramos
fijamente, comenzó a llorar y se inclinó en mi cuello para susurrar,
-perdóname, perdóname por hacerte abandonar la vida. -la vida me abandono a mí primero.
Respondí. Su brazo se encontraba titubeante sujetando el cianuro, y con el otro
me estrechaba convulsivamente a su cuerpo mientras daba el primer paso a
nuestra nueva vida, en un instante me cedió el lúgubre recipiente, mientras
limpiaba los restos de muerte de sus labios y las lágrimas de sus ojos, sostuve
el veneno y lo posicione en la comisura de mis labios –así de fácil- pensé,
cuando de repente algo sucedió en mi mente, aquella tranquilidad que me había
asediado desde el momento que entre a mi habitación había escapado de mí,
dejándome desprotegida. Sentí como el terror invadía cada extremo de mi ser,
pero ya estaba hecho, no me podía echar para atrás. Mientras inclinaba más el
contenedor a mi boca, sentí el horror a flor de piel, ¡fui a una estúpida, un
estúpida!¡ papa ayúdame por favor, protégeme, papa¡ no quiero morir!, no así,
cada fibra de mi piel se ahogaba en el pavor, mi corazón estallaba y se
convulsionaba una y otra vez, y yo quería que permaneciera así, quería seguir
viva. En ese momento de cobardía me di cuenta que no quería morir, cuando de
repente deje caer el recipiente al suelo y me sentí tan aliviada que solo pude
gesticular un vergonzoso –perdóname- cargado de la más cortante hipocresía.
cuando levante mi vista y nuestros ojos se encontraron, pude percatarme del
momento exacto en que su rostro, que hasta ahora permanecía relajado, se partía
a la mitad para quebrarse en un gemido espectral que nunca olvidare, empezó a
correr por la fúnebre habitación mientras desgarraba su piel con las uñas que
no tardaron en ceder ante la presión y caer al suelo, de manera desesperada se
aferró a mí y me grito –no me dejes morir- el terror me tenía paralizada, mi
garganta se encontraba totalmente seca y no podía emitir el menor grito de
auxilio, sentía que me ahogaba, cuando de manera súbita sus manos liberaron la
presión de mis hombros y su cuerpo cayó al suelo. El veneno comenzaba a hacer
efecto, y en mi inutilidad no podía hacer más que observar como mi ser amado se
retorcía en completa agonía. Desee que muriera con todo mi corazón, no resistía
ver como su cuerpo se convulsionaba de manera tan violenta, ¿Por qué tenía que
tardar tanto? y como intervención divina, se detuvo. Me quede congelada, fría,
ninguna emoción se escapaba ya de mi rostro, pues había experimentado el
infierno mismo, por un momento me quede contemplando su rostro lleno de dolor a
través del sanguinario vomito que inundaba mis pies, y me pregunte a mí misma,
sin conseguir respuesta alguna ¿Había solo un muerto en esa habitación?

PUES CLARO QUE HABÍA SOLO UN MUERTO, el chavo que acababa de matar... Buena historia.
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