Crónica de un hombre empoderado
Juan
Carlos Valenzuela Parra
10/03/2016
Una mañana como cualquier
otra a eso de las 7:25 am tomé el camión a la universidad, me sentía con un
ánimo inmanente (resultado quizá de haber dormido más de 8 horas) y la sonrisa
de mi suerte parecía ensancharse cuando entre el tumulto de gente encontré un
asiento disponible, - ¡Aleluya!- Dije para mis adentros mientras disponía a
tomar asiento, las cosas iban bien. Poco sabía yo que mi situación, como
entrepierna de Sacerdote en un jardín de niños, estaba por ponerse dura.
Todo comenzó cuando una
señorita de entre 18 o 20 tantos años de edad, al no haber encontrado asiento,
decido permanecer de pie a un costado de mi ya muy preciado sitio; como acto
reflejo, mi fundamentalista interno me susurro con tesitura de reproche que era
mi obligación como individuo con miembro viril el ceder mi “precioso” (Inserte
imagen de Gollum) a la vulva
anónima que con su mera presencia me hacía sentir culpable. Rápidamente mi
alter ego neo-empirista degolló todo rastro de caballerosidad forzada y pensé:
tiene dos piernas, dos brazos, y claramente sus glúteos señalan una condición
física incluso mejor a la mía (Todo sea por la ciencia). ¿Por qué tenía que ser
yo quien esperara de pie y no ella, cuando nos encontrábamos en igualdad de
condiciones? ¿no sería incluso una mayor falta de respeto ceder mi lugar
denotando alguna clase de invalides o incapacidad por su parte?, comenzaba a
sentirme cómodo con la idea cuando de repente un punto intermedio intervino interesantemente la intersección de mi interminable interacción;
el yo sociólogo comenzaba a hablar y su discurso no le agradaba ni un poco a la
comodidad de mis posaderas. - La manera en que nos comportamos en sociedad –
Comenzó – no versa en características fisiológicas ni actitudes empíricamente
verificables, nuestro comportamiento social opera en pos de construcciones
culturales, usos y costumbres que se fundamentan en procesos muy pocas
veces lógicos, el deber de ceder el asiento a una damisela en apuros no alude a
su capacidad de permanecer o no de pie, si no a un “nomos” cultural que como
integrantes de este ciclo determinista debemos respetar; ¿Quién era yo para
desafiar lo que las convenciones ya habían pactado?, quizá suene un poquititito
exagerado, pero parecía que para preservar el orden y paz social debía entregar
mi trono, trono que por un morboso acto
del destino se inmiscuyo en mi camino a clases en forma de cebo para mi efímera
felicidad.
Las convenciones habían ganado, estaba
preparado para sacrificar mi comodidad en pos de la vida en sociedad, cuando
como por arte magia se despertó en mis adentros una melodiosa voz
contractualista que me dijo en tono firme –las construcciones sociales solo
existen en medida que son creadas y alimentadas por el hombre, no existe tal
cosa como una “conciencia colectiva” que determine lo correcto y lo incorrecto,
que existan usos y costumbres solo se debe al acuerdo entre individuos,
individuos que determinan y aceptan estas normas de uso consuetudinario- dicho
de otra forma, como individuo y participe de este contrato social implícito,
podía negarme a ser parte de él, y más aún, era mediante la negación de modelos
culturales que fuesen en contra de mis principios e ideales como iba a cambiar
al mundo, como iba a moldear mi entorno social, era mi responsabilidad como
individuo postrar mis asentaderas en el taburete del libertarismo hasta el
último segundo, reafirmando así mi libertad como individuo y mi capacidad de
reformar las convenciones sociales. Me sentía seguro, esta idea era sólida y no
tenía pensado moverme de mi sitio (mental y literalmente), ES MAS, el solo pensar
que ella pensaba que yo pensaba en que debía darle el asiento me enfermaba,
¿Quién se creía? ¿QUÉ se creía?...
Mujeres necias que acusáis al hombre sin razón. Estaba molesto y aunque sabía
que teóricamente me encontraba en la postura indicada, un inmanente sentimiento
de culpa mantenía trabajando mi cabeza, buscando alguna excusa que fuese
suficientemente buena como para desprender mi rabo (en su connotación menos
fálica) de la cómoda aglomeración de polímeros derivados del petróleo que el frió asiento le ofrecía a mi “humanidad”, y fue así que mi ideal
contractualista al igual que la erección impropia del sacerdote pederasta que
mencione al principio de mi crónica, se vino abajo. Esta construcción
intelectual que llego a mi como por arte de magia terminó como toda la magia
en este mundo, siendo resultado de cuerdas flojas y espejos bien colocados;
imagínense el tremendo caos que acarrearía aceptar que cada individuo tiene el
derecho inasequible de anteponer sus preferencias e ideales ante lo ya
dispuesto por las convenciones, hay que proteger las construcciones comunales,
pero esta vez no era el determinista sociológico quien me sermoneaba sino el
abogado formalista que tanto se ha empeñado el cuerpo académico en formar en
mí, hay que respetar los acuerdos convencionales, incluso si eso significa
renunciar a mi brazo derecho (referencia cultísima (bueno, no tanto)), y así,
mientras contemplaba las pautas que mi formación como estudiante de derecho
habían acuñado en mi interior, recordé un comentario interesante que hizo un
profesor mío con relación al pasado 8 de marzo: “Cuando escucho el termino
mujer empoderada, me da miedo”. En aquel momento me reí, pero hoy contemplaba
la profundidad que quizá “sin querer, queriendo” albergaban sus palabras; yo
tenía miedo en ese momento, miedo al empoderamiento femenino que me hacía
sentir tan culpable, aceptar esa idea, como el padre Gerald Ridsdale en 1964, molestaba bastante (ultima ya). Posiblemente todo este problema se deba a que
vivimos en una sociedad que en su afán por apelar a lo que es “políticamente
correcto” promueve y publicita una idea de igualdad de género cuando debería
hablar de igualdad de oportunidades, porque aceptémoslo, el hombre y la mujer
son seres esencialmente distintitos; en este momento no era mi voz, ni la del
fundamentalista, ni mi formalista jurídico interno quien hablaba, la voz que
resonaba en mi cabeza era, por mas enfermizo que parezca a primera instancia,
la voz de mamá, y no me refiero a la voz de mi madre específicamente ni tampoco
me refiero al concepto general de lo que “mamá” connota (no soy tan mamon), sino
una especie de punto intermedio, una voz imparcial que me hacía entender
mediante a argumentos poco ortodoxos y nada objetivos que SI, el hombre y la
mujer éramos bastante diferentes y que efectivamente no existía ningún argumento
objetivo que me obligara a ceder mi lugar a la jovencita que se encontraba
junto a mí, pero fue precisamente cuando me separe de mi mentalidad tan fría y
conceptual, fue solo cuando deje de analizar la situación a través de teorías y
visiones del mundo que, realmente, no me pertenecían, fue solo en ese momento
en que la culpa desapareció, y en su lugar solo quedo un sentimiento honesto y desinteresado
de darle a aquella dama el privilegio que la casualidad me había regalado. No
lo pensé dos veces y rápidamente divorcié mi culo de la butaca (me quede sin más
sinónimos apropiados) y mientras levantaba mi cuerpo sentía como también alzaba
mi moral e ideales, finalmente había llegado a una decisión propia libre de
sesgos teóricos y argumentaciones artificiales. Cuando me voltee para
expresarle mi disposición de entregar mi asiento me percate de algo sumamente sorpresivo, el autobús se había detenido en la entrada de mi universidad – que
conveniente - pensé, no le dije ni una
sola palabra a la fémina lateral y proseguí a abandonar el bus, mientras bajaba
las escaleras y me dirigía a mi escuela fue inevitable escuchar una voz en mi
interior que se partía en carcajadas, era mi yo cínico, que me felicitaba en
medio de su hilaridad – Que manera tan interesante de hacer tiempo – reímos
juntos.

Links interesantes:
http://es.scribd.com/doc/99453161/Leviatan-Thomas-Hobbes-Version-impresa-Completo#scribd
https://www.youtube.com/watch?v=F5NS-0Gl7yU
http://www.academia.edu/10624020/EL_Y_ELLA_BUSQUEDA_DE_LA_IGUALDAD_DE_GENERO_ENSAYO


Pienso que la descripción que haces sobre la batalla interna desde tus distintos puntos de vista hacia la sociedad y hacia la vida misma son muy inteligentes. El estilo de narración utilizado es muy apropiado para la situación planteada.
ResponderBorrarAdemás, el final chusco e inesperado le da una vuelta muy beneficiosa a la narración...
10/10 lo volvería a leer
Tan bien te conozco que puedo imaginarte en esta situación. A final de cuentas creo que como tu dices, el hombre y la mujer no son iguales, pero si necesitamos igualdad de oportunidades para ambos.
ResponderBorrarEn fin, creo que lo único que hubiera pasado si le hubieras cedido el asiento a la joven, es que no hubiera tenido una lectura tan entretenida el día de hoy.
Quizá tuviese otra perspectiva jaja, saludos
BorrarOh vamos Vale, embarazada, tullida, moribunda, te la paso. Pero con 18 años le haces un favor al dejarla de pie. Cuenta como cardio, quiero creer.
ResponderBorrarMuy buena historia, incluso mejor que muchas peliculas de hoy en dia. Me parece interesante como abordaste el tema de igualdad de genero debido a que es un tema importante hoy en dia.
ResponderBorrarRecomendado y a favoritos. 11/10
No sé ustedes, pero YO quiero otro :3
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